Miércoles, 19 de diciembre de 2018

Académicos advierten que la RAE está al borde de la quiebra

En  medio de controversias internas sobre la función que cabe la Real Academia Española —que ya no es "limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua, como hace tres siglos— los académicos advierten sobre los problemas financieros que sufre hoy la "docta casa", y que la han llevado al borde de la quiebra, tras el fracaso editorial de la última edición de su diccionario. Algunos creen que su tarea es "unificar" el idioma, una misión imposible para una academia, cuando la lingüística nos enseña desde Saussure que los hablantes encuentran por sí solos los caminos de la unidad sin necesidad de academias. Es lo que nos prueba el caso del inglés, que mantiene su unidad en 38 países, sin ninguna academia.

Paula Corroto, ElConfidencial.es

 

El edificio de la calle Felipe IV de Madrid, donde se aloja la Real Academia de la Lengua Española desde 1894, anda revuelto. No han sido fáciles los últimos días desde que su actual director, Darío Villanueva, anunciara la pasada semana que dejaría su puesto el próximo diciembre. Pronto comenzó el movimiento de tierras y surgieron nombres como los de Juan Luis Cebrián, José Manuel Sánchez Ron o Santiago Muñoz Machado como posibles candidatos a sustituir al académico gallego. No fue lo único. 

También comenzaron a destaparse otros problemas de la institución: sus recursos económicos y su verdadera función en pleno siglo XXI. Porque, ¿qué es la RAE hoy en día? ¿Aún limpia, fija y da esplendor a la lengua, como se pautó en 1713, año de su creación? ¿Está para servir al Gobierno con la elaboración de informes sobre el uso de la lengua?

No quieren alzar demasiado la voz los académicos —46— en estas cuestiones. Para este reportaje, han callado muchos más de los que han querido hablar. Y quien calla otorga o calcula sus posibilidades para unas elecciones que no son tal —al director se le elige casi por unción divina, puesto que no se presentan candidatos sino que cada miembro vota a quien cree más adecuado—. Pero los que sí se han expresado dan cuenta de que la RAE no atraviesa por sus mejores momentos, no ya en imagen, que sí defienden, sino en el aspecto más terrenal que tiene que ver con lo pecuniario.

La quiebra

Hasta no hace mucho tiempo, la RAE tenía tres vías de financiación: las ventas de los diccionarios y demás publicaciones, la asignación estatal y lo que entraba gracias a los patrocinios gestionados por la Fundación Pro-RAE. En los últimos 10 años, dos de esas patas se han caído y la tercera ha renqueado. La primera, los diccionarios de la lengua española: de vender hasta 400.000 ejemplares con las primeras ediciones de la versión de 2003 se ha pasado a que la institución tenga que regalar los ejemplares que se han quedado sin vender —más de 50.000— de la edición de 2014.

“Esta es una de las fuentes de ingreso que ya no pueden subsistir, porque sus ventas son bajísimas. El diccionario 'online' es gratuito y debe ser gratuito. Las ediciones anteriores a la última siempre se vendían muy bien y ahora ya no”, asume el filólogo y catedrático de Lengua Española Pedro Álvarez de Miranda. Es cierto que la versión digital funciona muy bien, con más de 60 millones de consultas mensuales, pero su colega el cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón también refrenda el ‘daño’ que ha hecho que ya no se venda en papel: “Ahora, problemas económicos los tienen todos, pero la Academia antes vivía de un diccionario en papel y ya no porque las consultas son gratis”.

A estas pérdidas se ha unido la bajada del presupuesto otorgado por el Estado. Ya en 2014, quien fuera su director, José Manuel Blecua, se quejaba de que la asignación había bajado de 3,6 a 1,6 millones de euros. La última partida fue de 1,5 millones. “En los últimos tiempos, ha bajado un 60% del presupuesto”, ratifica Gutiérrez Aragón. “Evidentemente, que haya coincidido la desaparición del papel con una bajada de la asignación del Estado es muy grave y lamentable. El diccionario va a ser gratuito, pero el Estado debería volver a las cifras anteriores”, añade Álvarez de Miranda, quien indica que es una institución que mueve un personal numeroso —hasta 85 personas—, que “tiene un departamento de consultas lingüísticas que responde a centenares de consultas, que tenemos el 'Diccionario histórico', la 'Gramática'… No es como antaño, que era un grupo de académicos que se reunía… Es una institución compleja con un presupuesto elevado y no se la puede dejar abandonada”.

Otros académicos se andan con menos sutilezas con respecto a este tema. Uno de ellos, el escritor Félix de Azúa, lo tiene claro cuando reflexiona sobre los problemas económicos: “Es verdad que estamos en quiebra, los gobiernos españoles no acaban de aprobar que compartamos la lengua con 500 millones de hablantes, les da como una especie de vergüenza. Si fuéramos catalanes, lo tendríamos mejor. Nadie es perfecto”.

Cuando Darío Villanueva llegó a la RAE en 2007 —ha estado cinco años como secretario y cuatro como director—, estaba a punto de desencadenarse el gran 'crash' financiero. La institución necesitaba moverse por las lindes del negocio privado y así fue como se llegó a acuerdos con entidades privadas gracias a la Fundación Pro-RAE. Por ejemplo, el diccionario 'online' lo patrocinó durante un trienio la Obra Social la Caixa, que aportó alrededor de un millón de euros desde 2015. Otro de los grandes aliados fue Inditex, que patrocinó la 'Ortografía de la lengua española' en 2010 y la 'Ortografía básica de la lengua española' en 2012. También fue la ropa gallega la que salvó el 'Diccionario histórico'. La empresa de Amancio Ortega dio 1,7 millones de euros prorrogables a cinco años para poner en marcha esta publicación, una de las últimas gestiones del gobierno de Villanueva.

Sin embargo, los académicos constatan que también por esta vía se están dando problemas. Y la solución es complicada. “Si una vía desaparece, las otras tendrán que cubrirla. Y ahora mismo no se me ocurre una cuarta”, lamenta Álvarez de Miranda.

La función en pleno siglo XXI

La RAE nació muy ligada al Estado, entonces la monarquía de Felipe V, como ocurrió con otras academias. Bajo su famoso lema 'Limpia, fija y da esplendor', su primera gran misión fue la creación de un diccionario que finalmente vio la luz en 1726 bajo el nombre de 'Diccionario de autoridades'. La pregunta en 2018 es si su función sigue siendo la misma. Para Álvarez de Miranda, “el objetivo ya no es velar por la pureza de la lengua española sino por la unidad de la lengua española, y mantener la colaboración con las academias, porque los millones de españoles somos una pequeña parte de un conjunto”.

Ahí es donde entra la polémica sobre las últimas peticiones del Gobierno socialista de Pedro Sánchez en cuanto al informe sobre el lenguaje inclusivo de la Constitución española. ¿Es función de la RAE este trabajo cuando siempre ha expresado que la evolución del lenguaje viene marcada por el habla? Las primeras respuestas cuando saltó la controversia, según afirmó el propio Villanueva, fueron las de quedarse un tanto al margen. Finalmente, se aceptó la propuesta del Gobierno y se creó una comisión para analizar el lenguaje de la Carta Magna.

El resultado se hará público los próximos días, como informa Gutiérrez Aragón. Y como el académico indica: “Cualquier resultado será polémico. Bien por mucho, o bien por poco inclusivo. Pero no va a variar demasiado de la posición de la Academia”.

Para Álvarez de Miranda, fue correcto que la RAE se encargara de este informe porque “está incardinada en el Estado y si el Gobierno se dirige a ella, la Academia tiene que cumplir con ese encargo”. Pero también reconoce que no habrá muchos cambios. “En el seno de la comisión no hay divergencias. En el pleno de los académicos puede que haya una visión distinta, pero no creo que haya una postura diferente. Ya hace unos años se publicó un informe de Ignacio Bosque ['Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer'] que la Academia hizo suyo y fue respaldado por la totalidad de la Academia”, advierte el académico. El propio Bosque, cuando defendió su estudio en 2016, señaló que “el masculino genérico no es discriminatorio”. No parece, por tanto, que en este tema, que tanta polvareda levantó, vaya a haber muchas sorpresas.

Preguntado al caso, el escritor Andrés Trapiello, que no forma parte de la RAE, reconoce que la institución, en este sentido, sí debería dedicarse a otra cosa. “Me da igual que pongan miembros o miembras. Pero que hagan cumplirla [la Constitución]. Exigiendo, por ejemplo, tal y como garantiza la Constitución, la enseñanza del castellano al 50% en los territorios bilingües, teniendo en cuenta además que en algunos de ellos, como Cataluña, el 65% lo tiene como lengua materna. Pero hasta ahora no han dicho ni pío. O han dicho solo pío pío”, sostiene.

Movimientos y rencillas

La salida de Villanueva y la aparición de nombres en liza han removido también a los académicos. Nadie quiere, 'on the record' y con su nombre, dar su visión, lo que indica cierto posicionamiento. Gutiérrez Aragón se atreve a señalar que “todo puede suceder. A mí me parece bien que se postulen Cebrián o Muñoz Machado e incluso cualquiera que no sea uno de ellos. Me parece bien cualquier académico”. Para Álvarez de Miranda, también “es lógico” que salgan algunos nombres. “Las candidaturas implícitas subterráneas han ocurrido siempre, porque no hay candidaturas formales. Y los académicos comentamos, claro”, añade.

Lo que es evidente es que el nuevo director o directora tendrá que asumir una RAE menos opulenta que en décadas anteriores, con notables problemas para conseguir financiación y con una función como guardián de la lengua que está por resolverse.

Con más acidez, Azúa sí zanja el debate: “Como le dijo Zapatero a su mujer: ‘No sabes, cariño, la cantidad de gente que puede dirigir la Real Academia”.