Jueves, 19 de septiembre de 2019

El surgimiento del género en las lenguas indoeuropeas

Mauro Fernández

Los pocos especialistas en indoeuropeo que todavía existen coinciden en que durante mucho tiempo había en esa lengua solamente dos géneros, que se basaban en la movilidad autónoma de las entidades designadas. Las palabras que designaban entidades animadas se diferenciaban de las inanimadas por su terminación; y con ellas, en un sistema de referencias cruzadas, se alineaban los adjetivos, artículos y demás determinantes. Esto quiere decir que “el niño tonto se comió la manzana podrida” se decía igual que “la niña tonta se comió la manzana podrida”, lo que importaba era diferenciar lo animado (los niños) de lo inanimado (la manzana).

En algún momento, reciente (hace tan solo unos pocos miles de años), este sistema binario se transformó en un sistema ternario, en el que el sexo de las entidades animadas empezó a diferenciarse, resultando finalmente en masculino, femenino y neutro. Cómo y por qué ocurrió esto es un asunto en el que no hay unanimidad: unos creen que primero se produjo una división dentro de los inanimados, y otros que dentro de los animados. Yo, que no soy especialista, me inclino por esta última opción, pero la otra tiene también sus méritos, no cometan el error de despreciarla. Y sobre todo tengan en cuenta que el indoeuropeo es solo la familia de lenguas a la que pertenece la que hablamos; pero hay otras muchas con otros sistemas de género, donde la división se establece por otros criterios (por ejemplo, y simplificando mucho, lo redondo frente a lo alargado) o no se establece en absoluto (el finés o el estoniano no tienen género, parece ser que nunca lo tuvieron).

Recientemente, como digo, en el indoeuropeo se empezó a diferenciar lo femenino dentro de lo animado, usando un sufijo que hasta entonces se había venido usando con otra finalidad. El masculino no añadió ningún sufijo, pues heredó la forma de lo que antes era simplemente “animado”.

No les cuento más sobre este asunto tan interesante; pero destaco una consecuencia obvia: tras la diferenciación del femenino, cuando no era necesario diferenciar el sexo se usaba la forma previa a la diferenciación, o sea, la del animado, la que no llevaba marca de sexo, devenida masculino.

Pongamos esto en una lengua concreta, con muy poquito género, el inglés: “mann”, dicen los especialistas en historia de esta lengua, significaba ‘persona’, y “wif mann” era la ‘persona mujer’. Después de esto, "mann" se especializó en lo masculino, pero heredó su antiguo significado de 'persona' cuando se neutralizaba la distinción de género, como en el caso los plurales mixtos, o de los singulares aparentes que son también genéricos y asexuados, como “how many roads must a man walk down / before you call him a man?, o la tan conocida y tan pesimista frase de Hobbes, “homo homini lupus”.

Lo curioso es que a ninguno de los académicos de la RAE y demás defensores del uso no marcado de los antiguos animados, devenidos masculinos, se le haya ocurrido ir al origen de este uso: hablar de “sedimentación histórica” y otras vaguedades es insuficiente (aunque al menos con ellas se muestra la dimensión histórica de las lenguas y el papel activo de los hablantes, sin cuya acción no habría nada que sedimentar). No me atrevo a decir que lo ignoren, pues no lo sé; a lo mejor algunos sí lo saben (Pérez Reverte no, desde luego), pero se dan cuenta de que estas complejidades no son útiles para polemizar y prefieren salir del paso con alguna trivialidad cuando los entrevistan.