Miércoles, 19 de diciembre de 2018

Kory Stamper: «Si el objetivo de una academia es mantener el lenguaje ‘puro’, entonces es inútil»

Los diccionarios tienen una vida secreta. No tanto por lo que muestran, sino por lo que no se sabe de ellos. Para tratar de explicar lo que es la lexicografía y cómo se crea un diccionario, la lexicógrafa estadounidense Kory Stamper ha escrito el libro Palabra por palabra. La vida secreta de los diccionarios, editado en España por Capitán Swing.

¿Qué hace un lexicógrafo? Definir palabras, sí. Pero dicho así no parece gran cosa. «[…] Tamizan el idioma, lo categorizan, lo describen, lo alfabetizan. Son fanáticos de las palabras que se pasan casi toda la vida escribiendo y revisando definiciones, reflexionando sobre adverbios y quedándose lenta e inexorablemente ciegos», detalla con humor Stamper en el primer capítulo del libro.

A quien domine el inglés o esté interesado en los entresijos de esta lengua, Palabra por palabra le parecerá un caramelito. Stamper viaja a través de los diccionarios de Merrian-Webster, la editorial de este tipo de obras de referencia más antigua de EEUU y en la que trabaja desde hace años, analizando determinados vocablos conflictivos en inglés: irregardless, bitch, nuclear…Esa es la excusa. Detrás se esconde, como pequeñas píldoras, otra historia que interesará más a quienes el inglés les importe un bledo: cómo se edita un diccionario, qué requisitos debe cumplir una palabra para incorporarse a él, cómo se crean los corpus…

Cosas que sorprenden cuando lees que un diccionario no se empieza a revisar por la A. O que los lexicógrafos que se pelean con las palabras hasta encontrar la definición adecuada para ellas trabajan en absoluto silencio. Pero también nos habla de otras cosas que son comunes en todas las lenguas: las quejas y sugerencias de los hablantes por la inclusión (o no inclusión) de determinados vocablos.

«Creo que es algo común en todas las lenguas», comenta Kory Stamper. «Tenemos una conexión muy personal con el lenguaje (es lo que usamos para comunicar nuestros más profundos sentimientos y pensamientos). Así que cuando encontramos una palabra ofensiva o molesta, y da igual por qué la consideramos ofensiva o molesta, lo tomamos como algo personal».

De todos esos mensajes, los que menos gustan a la autora de Palabra por palabra son aquellos en los que «alguien se queja de que el inglés es un idioma horrible».

«El inglés no es un lenguaje fácil, no sigue las ideas de todos sobre lo que debería hacer, y es como un niño rebelde a veces. Pero así es como funciona un lenguaje vivo y vibrante. No siempre hace lo que tú quieres que haga, porque tú eres solo una persona y el idioma pertenece a toda la gente. El inglés es frustrante, pero es un lenguaje encantador, vibrante y flexible. Desearía que todos estuvieran enamorados de él tanto como yo».

La manera en la que se hace un diccionario en Estados Unidos, como cuenta Stamper, ¿se parece en algo a como se hacen en España o aquí está muy marcada por lo que dicta la Academia?

Aquí, durante mucho tiempo, la lexicografía española sí era deudora de lo que hacía la RAE, «pero ahora, las empresas que hacemos diccionarios nos hemos alejado de eso». Quien lo comenta es Sofía Acebo, coordinadora de diccionarios monolingües en Larousse Editorial.

«El diccionario de la Academia es un diccionario normativo y nosotros hacemos un diccionario de uso. Es decir, recogemos el léxico general, no estamos obligados a mantener palabras en desuso o palabras poco usadas, sino que lo que queremos reflejar es la lengua española que se usa ahora mismo».

Lo del método para empezar a revisar un diccionario también tiene su funcionamiento particular en el caso español. Al menos en Larousse. Aquí, explica divertida Acebo, «hemos hecho de todo». El último diccionario de nueva planta que se ha elaborado se hizo por grupos temáticos: «Primero, grupos cerrados: días de la semana, colores, signos zodiacales… Luego, ordenaciones temáticas para aplicar las mismas fórmulas definitorias: gentilicios y lenguas, oficios, deportes, disciplinas científicas…».

Y así, sucesivamente, hasta llegar a lo que es difícil de clasificar. «No siempre actuamos con tanto rigor», advierte la coordinadora de diccionarios monolingües de Larousse, «no siempre podemos (muy largo y caro)».

El inglés no cuenta con una academia de la lengua como la española o la francesa. Para sus hablantes, en cierto modo, son los diccionarios quienes cumplen esa función normativa.

Kory, ¿son realmente necesarios este tipo de organismos? ¿O quizá se trata de instituciones obsoletas que frenan la evolución de un idioma? ¿Necesita el inglés una academia de la lengua?

Desde el siglo XVII, ha habido gente que ha abogado por una academia de la lengua inglesa, pero nunca se puso en marcha. En parte, se debe a que el inglés siempre ha sido un idioma que toma prestado o roba palabras de otros idiomas, y el objetivo de una academia es mantener el idioma puro y libre de esos préstamos.

El inglés también es un idioma rico en dialectos, y cada uno de esos dialectos tiene un lugar específico e importante en el idioma. Una academia podría presionar para que esos dialectos desaparecieran a favor de alguna forma idealizada y correcta de hablar.

Si el objetivo de una academia es mantener el lenguaje puro, entonces es inútil. El lenguaje es orgánico, no se puede controlar de la manera en que una academia quisiera controlarlo. Incluso las academias de lenguas más estrictas de hoy, como la Académie Française, no pueden impedir que el hablante francófono medio utilice palabras tomadas del inglés.