Lunes, 18 de diciembre de 2017

¿Cómo cambia nuestro cerebro cuando aprendemos a leer?

24/05/2017
Nicola Bell, Queensland University

Ahora mismo, estás leyendo estas palabras sin mucho esfuerzo y sin realizar un pensamiento consciente. En ráfagas superrápidas, tus ojos están saltando de izquierda a derecha de la pantalla, dándole sentido de alguna forma a unas letras que de otro modo serían como una serie de garabatos negros.

La lectura para ti, no sólo es fácil, sino que es automática. Ver una palabra y no leerla es casi imposible porque los engranajes del procesamiento del lenguaje escrito se ponen en marcha tan pronto como los lectores ver cualquier palabra.

Sin embargo, aunque sea tentador pensar que leer forma parte de nuestro cableado interno, no hay que dejarse engañar. Aprender a leer no es fácil. De hecho, ni siquiera es natural.

Las primeras pruebas que demuestran la existencia de un lenguaje escrito son de hace 5.000 años. Una pequeña fracción comparada con los 60.000 años que hace que los humanos utilizan el lenguaje verbal.

Esto quiere decir que nuestra especie no ha tenido el tiempo suficiente como para evolucionar las redes cerebrales que nos predisponen a la alfabetización. Sólo a través de años de práctica y a la instrucción que vamos recibiendo a través de la educación somos capaces de forjar estas conexiones por nosotros mismos.

 

¿Cómo aprende a leer el cerebro?

Nuestro cerebro está constantemente reorganizándose. Cada vez que aprendemos una nueva habilidad, las conexiones entre las neuronas que nos permiten realizar esa habilidad se hacen más fuertes. Esta flexibilidad se ve intensificada durante la infancia, y es por eso el aprendizaje es mucho más fácil antes de la adolescencia.

Cuando un niño se alfabetiza, no tiene de repente y mágicamente un ‘centro de lectura’ en el cerebro. En su lugar, se crea una red de conexiones neuronales que vincula áreas existentes que no estaban vinculadas con anterioridad. La lectura se convierte en una forma de acceder a la lengua a través de la vista, lo que significa que se basa en una arquitectura que ya se utilizaba para reconocer patrones visuales y para entender el lenguaje hablado.

 

El viaje de una palabra

Cuando un lector experto se encuentra con una palabra impresa, la información viaja desde sus ojos hasta su lóbulo occipital (que se encuentra en la parte posterior del cerebro), donde se procesa como cualquier otro estímulo visual.

A partir de ahí, la información se desplaza hacia el giro fusiforme izquierdo, también conocido como el ‘buzón’ del cerebro. Aquí es donde los garabatos negros son reconocidos como letras de una palabra. El buzón es una parada especial en el viaje de la palabra, ya que sólo se desarrolla como resultado de aprender a leer. No existe en los niños muy pequeños o adultos analfabetos, y se activa menos en las personas con dislexia, que tienen una diferencia biológica en la forma en la que sus cerebros procesan el texto escrito.

Las palabras y las letras se almacenan en el buzón, no como formas o patrones memorizados de forma individual, sino como símbolos. Esta es la razón por la que un lector experto puede reconocer una palabra rápidamente, independientemente de la fuente, las MaYúsCuLaS o el tipo de letra.

La información viaja desde el buzón hacia los lóbulos frontal y temporal del cerebro, para elaborar significado de las palabras y la pronunciación. Estas mismas áreas se activan cuando oímos una palabra, por lo que están especializadas en el lenguaje, y no sólo en la lectura o en la escritura.

Gracias a que la información puede viajar muy rápido a través de las carreteras sinápticas del lector experto, todo el trayecto dura menos de medio segundo.

Pero, ¿qué ocurre en el cerebro de un niño de cinco años de edad, cuyas carreteras están todavía en construcción?

 

El cerebro en desarrollo

Para los niños pequeños, el proceso de obtención del significado de una palabra escrita es lento y requiere esfuerzo. Esto se debe en parte a que los lectores que comienzan aún no han construido una tienda de palabras familiares que puedan reconocer a simple vista, por lo que en su lugar deben ‘sondear’ cada letra o secuencia de letras.

Cada vez que los niños practican la decodificación de palabras, forjan nuevas conexiones entre las áreas del cerebro que se encargan del lenguaje escrito y las que se encargan del lenguaje oral. Gradualmente van añadiendo nuevas letras y nuevas palabras importantes al buzón del cerebro.

Recuerda, cuando un lector experto reconoce una palabra de un vistazo, él está procesando las letras de la palabra y no su forma.

Por lo tanto, la alfabetización puede apoyar el aprendizaje de los niños, poniendo de manifiesto el carácter simbólico de las letras. En otras palabras, llamando la atención sobre las relaciones entre las letras y los sonidos del habla.

Aquí, la evidencia de la investigación sobre imágenes cerebrales y la investigación educativa convergen para mostrar que las primeras clases de fonética pueden ayudar a construir una red de lectura eficiente en el cerebro.

¿Qué deparará el futuro sobre el desarrollo de la alfabetización?

A medida que la tecnología evoluciona, también lo debe hacer nuestra definición de ‘leer y escribir’. Los cerebros jóvenes ahora necesitan adaptarse no sólo al lenguaje escrito sino también a los medios rápidos de difusión a través de los cuales se presenta el lenguaje escrito. 

Sólo el tiempo nos dirá cómo esto afecta al desarrollo de esta misteriosa esponja de color rosa que tenemos entre los oídos y que solemos llamar cerebro.