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¿Existe realmente una lengua global?

31/05/2016
Francisco Moreno Fernández

 

El País

 

 

 

En 1993, Umberto Eco publicaba La búsqueda de la lengua perfecta, en la que recorría las motivaciones que habían llevado a los europeos a perseguir desde la Edad Media una lengua única y universal, destinada a cubrir las necesidades consideradas en cada época como imperiosas o relevantes. Siendo así que el interés por las lenguas internacionales no es asunto del último siglo, sino que viene de lejos y con algunos rasgos no tan ajenos al presente, cabe una mínima reflexión sobre el concepto de "lengua global" en relación con las lenguas inglesa y española. ¿Qué es una lengua global? ¿Es realmente el inglés una lengua global? ¿Puede ser considerado el español una lengua global?

Para no provocar intriga alguna, me apresuro a explicitar mi premisa mayor, que no es otra que la siguiente: en la historia de la humanidad nunca ha existido una lengua global y resultará difícil que llegue a haberla. Esto supone afirmar que el inglés no es una lengua global y, por supuesto, que tampoco lo es el español. En las caracterizaciones propuestas en diferentes medios, a menudo se comentan rasgos como los siguientes para aplicar a una lengua el adjetivo de "global": disponer de una gran comunidad nativa; servir de vehículo de comunicación a realidades etnoculturales diferentes; utilizarse para la comunicación internacional en el ámbito del comercio y las finanzas; servir para las relaciones internacionales; ser utilizada en medios de comunicación de gran alcance; manejarse para la comunicación científica y tecnológica. Ahora bien, estas características, presentadas como propias de una "lengua global", también pueden identificarse en muchas de las lenguas llamadas internacionales, como el francés, el ruso o el español.

Las lenguas globales deberían caracterizarse con referencia al proceso genérico de la globalización. Thomas Eriksen distinguió una serie de factores con capacidad de proyectarse sobre las lenguas. Según esos criterios, una lengua global no estaría necesariamente anclada a un territorio; sería objeto de una estandarización derivada de acuerdos internacionales; facilitaría la conexión de múltiples agentes por canales y medios diversos; se vería implicada en desplazamientos humanos debidos a migraciones, placer o negocios; experimentaría mezclas en su forma y en sus usos; resultaría más vulnerable a procesos de cambios externos; y admitiría también su interpretación como instrumento de identidad local o regional. Todos esos factores de globalización, aunque en distinto grado, se manifiestan en el español, como lo hacen en inglés. ¿Por qué negar, por tanto, la existencia de las lenguas globales?

Las razones pueden tomarse de diferentes ámbitos del conocimiento: la historia, la biología, la sociología, la psicología, la sociolingüística. La historia de la humanidad nos dice que nunca ha existido una lengua global: no lo fue el sumerio, ni el arameo, ni el sánscrito, ni el griego, ni el latín. De todas ellas, pudieran ser el griego y sobre todo el latín las que más cumplidamente reunirían las cualidades antes expuestas, pero proponerlas como lenguas globales propiamente dichas sería, como mínimo, pecar de eurocentrismo. El peso de la historia se ve reforzado por otro hecho que aparentemente nada tiene que ver con ella, pero que no la contradice: la esencia variada y variable de la naturaleza humana. La sociobiología, propuesta por Edward Wilson en los años setenta —muy discutida, aunque de largo recorrido— vendría a sustentar la idea de que la diversidad se halla en la esencia misma del ser y del comportamiento humanos, y que puede explicarse en términos genéticos y darwinianos. La adaptación a entornos concretos, incluidos sus elementos socioculturales, condiciona la evolución de la humanidad en general y de sus manifestaciones en particular, entre las que las lenguas no son las de menor importancia. Podría decirse que existe una tendencia innata en el ser humano a la diversidad que lo lleva a favorecer o preferir la variedad, las soluciones alternativas, a la uniformidad, preferencia que viene condicionada por cada entorno específico y que entronca directamente con otros conceptos fundamentales, como el de identidad e idiosincrasia. En lo que se refiere al mundo contemporáneo, la sociología del lenguaje, por su parte, viene constatando un hecho que frena la consolidación de una sola lengua global. Y es que la experiencia social demuestra que las imposiciones idiomáticas no funcionan en el largo plazo, salvo que concurran factores no impositivos que completen el desplazamiento de los grupos lingüísticos débiles por parte de otros más fuertes.

La consideración del español como lengua global, aun prescindiendo de la argumentación interdisciplinar contraria ya presentada, encontraría otros obstáculos difíciles de salvar. En primer lugar, se trata de una lengua cuasi-ausente en todo un hemisferio, el oriental, aunque allí también se estén dando procesos de crecimiento del español. En segundo lugar, se trata de una lengua asociada más a la cultura que a los negocios, lo que dificulta su expansión como lengua franca. Esto tiene que ver con la realidad económica y comercial de las comunidades hispanohablantes y no tanto con su lengua, pero esta también sufre las consecuencias. El carácter decisivo que el español tiene para las relaciones comerciales e inversiones en Iberoamérica no lo sería tanto si el nivel de desarrollo económico, tecnológico e institucional de todas las naciones que la integran fuera más elevado y continuo.

Ahora bien, donde no es posible hablar de lenguas globales, sí puede hacerse de lenguas nodales, por servir de conexión en nodos o puntos de encuentro y contacto para el cumplimiento de determinadas tareas. Desde este punto de vista, el español es ya una lengua nodal de las más importantes del mundo, por el crecimiento de su utilidad potencial para el comercio, el turismo, la cultura, la tecnología o las relaciones internacionales. Aquí el inglés mostraría una naturaleza nodal más desarrollada que el español, pero el resultado no será, en ninguno de los casos, una lengua global.

Resulta, además, que la imposibilidad de la existencia de las lenguas globales, se está viendo apuntalada por otros hechos, desconocidos hace tan solo unas décadas, que contribuyen a disminuir la importancia de tal tipo de lenguas. Por un lado, la difusión de una ideología del multilingüismo está favoreciendo el conocimiento y uso de varias lenguas por parte de los ciudadanos, más que el empleo franco de una sola de ellas. Esta ideología está instalada en el seno de organismos de gran repercusión mundial, como la Unión Europea o el sistema de las Naciones Unidas. Claro que los más pragmáticos, entre escépticos y realistas, no dudan en advertir que las legislaciones que protegen el multilingüismo terminan casi siempre del mismo modo: haciendo un uso exclusivo del inglés. Avram de Swaan ha venido sosteniendo desde hace años que cuantas más lenguas oficiales haya en Europa, más inglés se hablará. Tal vez sea así, pero para una elite privilegiada y muy bien formada de profesionales y gente acomodada, no así para el común de la humanidad.

Finalmente, hay un factor que solo se ha barajado en los últimos años y que puede resultar fundamental para la dinámica comunicativa internacional: la tecnología. Jonathan Pool ha hablado de una "globalización panlingual" para referirse a la sobrevenida de un nuevo mundo de ingeniería lingüística que hará posible una realidad impensable hace pocos años: la comprensión mutua a partir del uso de lenguas diferentes. Esto no es una utopía; es una realidad ya puesta en práctica a través del sistema de traducción de Skype, por ejemplo. La ingeniería de la traducción está ofreciendo ahora soluciones comunicativas que harán menos necesario el uso de una lengua auxiliar internacional. Y este es un motivo más por el que la lengua española debe estar habilitada para todas las innovaciones tecnológicas que hayan de producirse, haciendo posible que, por ejemplo, todos los protocolos, aplicaciones y recursos técnicos desplegados para la comunicación automatizada, la transmisión de información y las redes sociales acepten las peculiaridades del español. Si Umberto Eco afirmó hace años que la lengua de Europa es la traducción, bien podríamos ampliar su pensamiento y afirmar que el multilingüismo ha de ser la verdadera lengua global; eso sí, estrechamente ligado a la traducción, sea humana, sea automática.