Domingo, 17 de diciembre de 2017

Academia uruguaya pondrá en línea diccionario de uruguayismos

09/10/2017
Renzo Roselló

Más allá de las fronteras argentinas, es difícil que alguien sepa con propiedad a qué se refiere uno con el término "amarguear". En otros casos, la incógnita nacerá apenas traspuestas las fronteras uruguayas, como el vocablo "bichicome". Se trata de los "uruguayismos" que han ido ingresando a la lengua española en los últimos tiempos. Han transcurrido seis años desde la publicación del Diccionario del español del Uruguay, una obra redactada y compilada por la Academia Nacional de Letras. Desde entonces, los "guardianes" de la lengua vernácula han estado inmersos en un proyecto mucho más ambicioso. Esta vez se trata de la publicación de un diccionario en línea, más acorde a los tiempos que corren y similar al que ha desarrollado la Real Academia Española.

"Se está corrigiendo y ampliando aquella edición, con la intención de estar más actualizados y el objetivo de tener terminado este proyecto en no más de dos años", señala el académico Justino Da Rosa, subdirector del Departamento de Lengua y Literatura de la Academia.

El volumen de 574 páginas publicado por Ediciones de la Banda Oriental había conseguido reunir más de 10.000 voces, que incluyen algunos de los refranes más típicos de estas tierras, supuso la coronación de un trabajo que llevó un cuarto de siglo de investigación. Para ello la Academia armó una red de colaboradores en todo el país, más de 60 profesores de Idioma Español y Literatura de Secundaria, que como verdaderos sabuesos cubrieron cada rincón en busca de palabras y expresiones características de cada región. "Fue algo increíble, armamos toda esa red comunicándonos por correo, no por correo electrónico sino por correo convencional, y esta misma red todavía sigue en pie", recuerda el académico.

Las fuentes principales de las que provienen las palabras nuevas (neologismos) son tanto de los gentilicios y la toponimia del país, como de la política, el fútbol, los medios de comunicación y las nuevas tecnologías.

"Ahora contamos con bases de datos formidables que hace unos años no teníamos, si pensamos que hay 400 millones de palabras usadas en los últimos 25 años se verá la magnitud que tiene", destaca el académico.

 

Buscar palabras

El avance tecnológico también ha incidido en los mismos procedimientos de la Academia. "Hace sesenta años el plazo para estabilizar una palabra era de unos diez años, eso se ha abreviado considerablemente ahora gracias a la tecnología", explica Da Rosa.

Actualmente, los académicos analizan la posibilidad de fijar una palabra con el fin de ingresarla al diccionario en un plazo que ronda los cinco años. Una comisión que funciona en la órbita del Departamento de Lengua y Literatura se reúne en forma semanal para estudiar la información acumulada y, eventualmente, resolver la incorporación al diccionario. Las tareas de investigación también han experimentado notables avances en virtud del acceso a bibliotecas digitales. "Ahora tenemos acceso a diccionarios de los siglos XV, XVI o XVIII, algo que hasta hace no mucho era impensado, y que a los investigadores nos permite profundizar en la historia de las palabras", apunta el especialista.

Otro nutriente de la lexicología local proviene de la mezcla de culturas y nacionalidades de la que se ha ido formando la nación, sobre todo desde los primeros años del siglo XX con las grandes corrientes migratorias que llegaron hasta pasada la Segunda Guerra Mundial. Expresiones como "bachicha", por ejemplo, que se cuelan en el habla coloquial para referirse a los descendientes de italianos. Esta palabra, que proviene del dialecto genovés "bacicia" y quiere decir bautista, fue consignada por primera vez a fines de la década de 1930 en el libro de R. J. Bouton La vida rural en el Uruguay, donde era común su uso para referirse a los inmigrantes italianos que se asentaban en el campo.

Los corresponsales repartidos por cada rincón del territorio llevan años tomando nota de expresiones locales que van sumándose en el lento proceso de estudio y estabilización que requiere cada término. De este modo fue que lograron reunir en la edición de 2011 un total de 9.117 artículos, a los que se suman alrededor de mil expresiones de uso corriente en el habla de los uruguayos.

Un ejemplo de claro regionalismo es la palabra "encalacrar" -Perjudicar a alguien con el resultado de un negocio o un asunto cualquiera-, una palabra portuguesa de uso común en Rivera, Rocha y Treinta y Tres. Más interesante por su localismo resulta el término "capillero-a", que refiere al partidario o jugador de la Institución Atlética Juventud Soriano, expresión muy familiar para los habitantes de Mercedes.

"(...) Que el lenguaje es algo indomable, que por estar en incesante evolución es un campo abierto a mil influencias pasibles de ser, cada una de ellas, causa de variantes infinitas y que todo ello, al fin, crea una permeabilidad insalvable a su aparición, que a veces, alguien puede conceptuar como errores. Este fenómeno solamente permite enfrentarlo y procurar con firmeza, que sus efectos lleguen a ser mínimos", escribió en el prólogo el profesor José María Obaldía, presidente de la Comisión de Lexicografía.

 

"¿Uruguayismos?"

Para el director de Asuntos Lingüísticos de la Academia, el profesor Adolfo Elizaincín, el término "uruguayismo" para referirse a los vocablos recogidos en el diccionario resulta un equívoco.

"En los últimos años puede haber sí una buena cantidad de usos más o menos específicos del Uruguay, pero no solo contando palabras sino también construcciones sintácticas, sentidos específicos de una forma que significa otra cosa en otra región hispánica. Hasta, por ejemplo, que aquí y en otros lugares significa el fin de un lapso temporal, mientras que en México y otros países significa el comienzo de un lapso temporal. Es decir (en Montevideo) El bar abre hasta las 22 hs. significa que a las 22 cierra, mientras que en México significa que abre a esa hora, y cosas por el estilo. O sea no es que solo nos caractericemos por usar gurí en vez de chaval o botija, o pibe como otras comunidades hispánicas, sino que decimos no lo creo y no no me lo creo, o voy por el libro que dejé olvidado y no voy a por el libro..., y ayer lo vi a Juan y no ayer le vi...", explica Elizaincín.

Una serie de matices sutiles del habla que no necesariamente implican palabras distintas, sino palabras comunes utilizadas de otro modo. Una tarea ardua que en silencio continúan desarrollando los guardianes de la lengua.