25/04/2010
Babel sin barbaridades
El lenguaje humano está hecho
para comunicarse, no para afirmar lo
distintos e idiosincrásicos que
somos todos. La riqueza humana consiste
en que podemos comprendernos unos a
otros y colaborar así en
empeños comunes de nuestra
libertad
Fernando Savater,
Diario
Vasco
Aún no he podido leer el libro
Babel o barbarie de Patxi
Baztarrika, sólo conozco el
extracto aparecido el pasado domingo en
DV, así como la entrevista al
autor en el mismo periódico. Todo
parece indicar que se trata de una obra
interesante, planteada con cordura y que
se esfuerza por conciliar intereses cuya
oposición a veces se extrema por
razones de instrumentalización
partidista. El titular que encabezaba el
resumen de DV es de esperanzadora
sensatez: «El futuro del euskera
pertenece a la ciudadanía».
En efecto, allí donde una lengua
autonómica no es perseguida ni
prohibida lo que garantiza su uso es la
voluntad de quienes desean hablarla y
manejarla, nunca normas que la imponen
como obligación patriótica
a todo el mundo, tanto si les gusta como
si no. Y es perfectamente asumible que
incluso los ciudadanos que de hecho no
la hablan, simpaticen con su
salvaguardia como un bien común
de interés cultural y social para
la convivencia en su conjunto.
Sin embargo, la referencia a Babel en el
título de la obra no me parece
exacta ni afortunada para comprenderla
adecuadamente. Según el autor,
hay que reivindicar a Babel, puesto que
la pluralidad lingüística no
es una maldición sino «una
característica de la libertad y
un signo de riqueza». Desde luego
no soy un experto en exégesis
bíblica, pero yo diría que
la maldición divina que castiga
el orgullo de los humanos en la famosa
torre consiste en la confusión de
las lenguas, no en su mera pluralidad.
Es decir, lo malo no es que haya varias
lenguas sino que los hablantes dejen de
entenderse entre sí. Porque el
lenguaje humano está hecho para
comunicarse, no para afirmar lo
distintos e idiosincrásicos que
somos todos. La riqueza humana consiste
en que podemos comprendernos unos a
otros y colaborar así en
empeños comunes de nuestra
libertad, sea construir una torre que
llegue hasta el cielo o
—más sensatamente, a mi
entender— construir sociedades
dónde puedan convivir
pacíficamente personas de
diferentes ideologías o
mentalidades.
En el caso de nuestro país, Babel
sería que las dos lenguas que
tenemos, la común a todo el
Estado del que somos ciudadanos y la
peculiar de la comunidad vasca, se
mantuviesen como mutuamente cerradas e
ininteligibles para así quedarnos
satisfechos de lo distintos que somos
unos de otros y de los demás
vecinos estatales. Ese planteamiento
sí que se parecería
bastante a una maldición y, si no
le he entendido mal, es precisamente lo
contrario de lo que con mucha
razón desea Patxi Baztarrika. No
digo que la diversidad de lenguas que
existen en el mundo sea una
maldición bíblica, pero
son un hecho problemático que
causa más de un conflicto. Hay
miles de lenguas pero sólo unos
pocos cientos de estados, por lo que es
obvio que en cada uno de ellos ha de
buscarse un idioma políticamente
común, además de respetar
—en los que son
democráticos— la existencia
cultural del resto.
En sí misma, la diversidad de
lenguas no tiene por qué ser
vista como un bien: si de lo que se
tratara es de multiplicarlas, lo
adecuado no sería aprender las
que hablan otros para comunicarnos con
ellos, sino inventarnos cada uno la
nuestra lo más rara posible para
así demostrar que nuestra
libertad no admite componendas sociales.
Afortunadamente, la tendencia general no
es tan demencial: además de las
lenguas propias, los sistemas educativos
incluyen en la enseñanza alguno
de los idiomas más hablados
—como el inglés o el
castellano— pero rara vez eligen
como idioma complementario el
finlandés o el urdu, que
también tendrán su encanto
pero resultan menos útiles.
Porque en ciertos casos depende mucho de
la lengua que se hable. Con motivo del
terremoto en Haití, he
leído bastantes estudios sobre el
atraso de ese país respecto a la
relativa bonanza de la República
Dominicana, la otra mitad de la isla.
Entre varias razones históricas,
siempre se señala la desventaja
educativa y cultural del creole frente
al castellano. Ninguna lengua es buena o
mala en sí, pero por razones
históricas algunas alcanzan mucha
más extensión
geográfica, mayor número
de hablantes y más abundancia de
literatura o bibliografía que
otras. Es lógico que quienes
pueden elegir las prefieran como medio
de expresión o estudio. De modo
que la hegemonía del castellano
en el País Vasco es inevitable.
lo cual no quiere decir que sea
inevitable el monolingüismo. El
idioma común del Estado tiene una
primacía constitucional y
práctica (en los negocios, en los
viajes, en la administración,
etc.) que afortunadamente se complementa
con la posibilidad institucionalmente
reconocida de convivir en nuestra CAV
con el uso del euskera en muchos
ámbitos por quienes así lo
deseen.
El perfecto bilingüismo es un deseo
encomiable pero que siendo realistas
sabemos que nunca será alcanzado
por gran parte de la población.
Lo que sin embargo sí que
está a nuestro alcance —y
hoy es ya algo habitual en la
mayoría de los casos— es el
intercambio normal, basado en el sentido
común y en una educación
no sectaria, entre los que habitualmente
recurren a una u otra lengua. Sabiendo,
claro está, cual es el alcance
oficial y social de cada una. Los
amantes del euskera pueden aumentar el
de la suya haciéndola cada vez
más atractiva a quienes la
desconocen o la usan poco: a este
respecto, la abundancia actual de buenos
escritores jóvenes en vascuence
puede hacer más por la
perpetuación de éste que
cualquier forma de imposición
burocrática, la cual a menudo
sólo provoca rechazo y fastidio
contra parte del patrimonio cultural que
compartimos.