Miércoles, 22 de marzo de 2017

La corporeidad de los significados

Percibimos el mundo con los límites que nuestro cuerpo nos impone

Ricardo Soca

Una de las dificultades que enfrenta la lexicografía para definir significados es la de construir definiciones apropiadas para los conceptos producidos a partir de nuestros sentidos y de nuestro cerebro: las percepciones. ¿Cómo definir, por ejemplo, el color rojo, el sabor dulce, los sonidos agudos, el aroma del sándalo, la textura del terciopelo?

Las ciencias naturales parten de la base de que existe un mundo externo a nosotros, objetivo, es decir, que es real, independientemente de que lo percibamos o no. Los elementos de ese mundo externo deberían poder ser definidos objetivamente, con independencia de nuestra percepción; un árbol, una fruta, una ley de la física o un río pueden descritos y definidos como elementos ajenos a nuestra percepción, pero ¿existe independientemente de nosotros el sabor dulce? ¿existe el olor a naranjas?  ¿Y su color? ¿Existiría la música sin nosotros? Se trata de productos de nuestra cognición, formados de acuerdo con el aparato sensorial de que estamos dotados. Por supuesto, en la naturaleza existen objetivamente ondas luminosas de diferentes longitudes de onda; las que tienen entre aproximadamente 625 y 750 milésimas de micra las vemos como rojas, porque así lo determina el sistema visual que se extiende desde nuestros ojos hasta la corteza occipital del cerebro. Análogamente, el aire puede vibrar en diversas frecuencias, de las cuales nuestro oído percibe aquellas que oscilan entre 20 y 20.000 ciclos por segundo, pero los sonidos no existen fuera de nuestro sistema perceptual. ¿Y qué podemos decir del sabor del azúcar o de la sal de mesa? Son sustancias que estimulan diferentes sectores de las papilas gustativas de la boca; su definición no puede referirse a cualidades o propiedades objetivas del mundo externo.

Veamos cómo aborda el diccionario de la Academia Española (2014) la definición de rojo.

10. Dicho de un color: Semejante al de la sangre o al del tomate maduro, y que ocupa el primer lugar en el espectro luminoso.

Una persona ciega de nacimiento no podría comprender esta definición. Si buscara sangre, encontraría ‘líquido, generalmente de color rojo, que circula por las venas y arterias [...]’. Se trata de una de las tantas definiciones circulares del diccionario, un error que el lexicógrafo español Porto Da Pena (2002:89) describe así:,

se define una palabra mediante otra que, a su vez, se define con la primera.

Veamos cómo define el Vox el sabor dulce:

[sabor] Que es como el del azúcar, la miel o ciertas frutas maduras: recordé el sabor dulce de las uvas de mi infancia.

Que tiene sabor dulce; se utiliza también cuando entre varias cosas del mismo tipo hay una que es más dulce que las otras, especialmente con vinos y licores, cítricos o comidas sin sal: champán dulce; agua dulce; pan dulce; me pareció un turrón excesivamente dulce y empalagoso.

No es posible definir lexicográficamente los productos de nuestros sentidos sin referirnos a nuestra experiencia con ellos. Alguien que haya nacido privado del sentido del gusto no tendrá cómo entender qué es exactamente lo que tienen en común “el azúcar, la miel o ciertas frutas”. Análogamente, quien haya nacido sordo tendrá que conformarse con saber que el sonido de los violines vibra con frecuencia más alta que la “normal” (sea esta lo que cada uno quiera imaginar).

 La milenaria polémica filosófica sobre la existencia o inexistencia de un mundo real y de un mundo de las ideas está resuelta: para las ciencias naturales existe un mundo real, material, pero los seres humanos lo percibimos de acuerdo con los límites que nuestro cuerpo, tal como está conformado,  nos impone.