Viernes, 15 de diciembre de 2017

"El cura y los mandarines", obra demoledora sobre la Real Academia

04/12/2014
Carlos Prieto, El Confidencial

El periodista asturiano Gregorio Morán. Foto: Enrique Villarino

Cuenta la leyenda que don Ramón María del Valle-Inclán meaba en la puerta de la Real Academia Española (RAE) cada vez pasaba por ahí. Lo recordó este martes Gregorio Morán en un desayuno de prensa para presentar El cura y los mandarines, libro que censuró Planeta/Crítica por sus críticas a la RAE y que llegará en unos días a las librerías de la mano de Akal. 

La anécdota sirve para ilustrar la tesis sostenida por Morán en el capítulo del ensayo dedicado a la RAE (¡Todos académicos!) que se le indigestó a Planeta: hubo un tiempo en el que la intelectualidad renegaba de la RAE, convertida ahora, según Morán, en un club de prestigio en el que hay tortas por entrar. 

No parece haber nada querellable en el capítulo maldito. Lo que sí hay, y esto podría explicar las reticencias de Planeta, es un relato político demoledor sobre la RAE convertida en abrevadero político/cultural

Pese a que en las últimas semanas han circulado todo tipo de locos rumores sobre el contenido del capítulo, se hablaba de afirmaciones calumniosas relativas a la vida personal de Víctor García de la Concha (ex director de la RAE y actual director del Cervantes), no parece haber nada querellable en las 14 páginas del capítulo. Salvo que consideremos, claro, que ejercer la crítica cultural con la escopeta cargada es merecedor de reprimenda y castigo… Porque lo que sí hay en el capítulo maldito, y esto podría explicar las reticencias de Planeta, es un relato político demoledor sobre la RAE convertida en abrevadero político/cultural.  

El capítulo arranca narrando la travesía de la RAE por el desierto cultural del franquismo. Cuenta Morán, por ejemplo, que Franco tenía a la RAE “sujeta y bien atada”. Con la llegada de la democracia, la institución aumentó su prestigio cultural, lo que no cambiaron fueron sus estrechas relaciones con los poderes públicos.

La RAE no sólo no se fue soltando de los viejos poderes del Estado y del Gobierno, para cuya financiación les era imprescindibles, sino que se ató con mayor vigor a los nuevos. La Fundación Pro-RAE fue contando entre sus principales benefactores a Telefónica, Endesa, BBVA, Grupo Santander, Prisa y Planeta, entre otros. Sólo quien consigue editar cada nueva versión del Diccionario de la RAE sabe que se hará rico”, escribe el periodista.

Morán ha dicho que nunca se planteó censurar el capítulo sobre la RAE porque era fundamental para entender el libro. Y lo que es porque uno de los objetivos de El cura y los mandarines es, según Morán, explicar la evolución del intelectual español: de la beligerante cultura de los sesenta a los palmeros del poder de la democracia. O los nuevos trepas culturales. 

 

Cambios de chaqueta

Todo un viaje ideológico que el periodista resumió este martes con su habitual contundencia: “Fueron progresistas en los sesenta, moderados en los setenta, conservadores en los ochenta y reaccionarios en los noventa”.

El cambio de postura hacia la RAE vendría a ser una metáfora de todo aquello: “Dos filólogas expertas en el tema –Silvia Senz y Montserrat Alberte– calificaron a la RAE de ‘entidad tradicionalmente nepótica, machista, prepotente, nacionalista, conservadora, católica y clasista’ Así fue siempre antes de Franco, con Franco y después de Franco. Lo que sí cambió fue la actitud del nuevo mandarinato hacia ella”, escribe el periodista.

“Pensar que Unamuno, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez y toda la generación de la República consideraban la Academia como variantes diversas de los ‘putrefactos’ –expresión de García Lorca– y ahora resultaba que el mandarinato que se codeaba con el poder y hasta hacía como si lo detentara, se volcaba por entrar en el club de la RAE. La novedad resultaba algo de todo punto provocadora, inquietante, casi incongruente. La Academia, la RAE, se convirtió en un objeto crematístico sin la más mínima deriva o inclinación intelectual”, añade en el libro.

Morán pone como ejemplo de la deriva de la RAE la entrada en la misma de dos célebres periodistas: Cebrián y Ansón. “Pero cuando llegó en 1996-1998 el tándem de plumas ilustres, enemigos y cómplices al mismo tiempo, un condensado del más equívoco periodismo –Juan Luis Cebrián y Luis María Ansón, por más que como mal menor este último sabía escribir- la escena alcanzó el paroxismo: los directores de El País y ABC se concedían el derecho a formar parte del mandarinato… Para entonces ya todo estaba dispuesto para la consolidación de un mandarinato sin fisuras. Los periodistas, o eran institucionales, o no eran nada”.

 

Veto a María Moliner

Entre la jugosa descripción de la fontanería político/cultural de la RAE que ofrece el capítulo, destaca el veto de Camilo José Cela a María Moliner, que impidió que la gran filóloga española se convirtiera en la primera mujer en entrar en la RAE a principios de los años setenta. Cela escribió lo siguiente al filólogo Rafael Lapesa, que quería a Moliner en la RAE, en 1970: “La ocasión de María Moliner, mejor dicho la ocasión de la primer mujer académica creo que es mejor producirla en tiempos de menos barullo”.

Dos años después, Lapesa lo intentó de nuevo, pero volvió a toparse con el muro de don Camilo: “A María Moliner, no; en ningún caso”, escribió el autor de La colmena, “muñidor principal de la RAE desde que entrara en 1957”, según Morán.  A finales de los setenta hubo un nuevo intento de ingresar a la filóloga, pero entonces, según Morán, “María Moliner les mandó literalmente a tomar por culo –todos eran hombres entonces y la perspectiva no estaba descaminada”.

Víctor García de la Concha no es el único gestor de la RAE criticado en El cura y los mandarines. Fernando Lázaro Carreter (director entre 1992-1998) también se lleva lo suyo.

Atentos a esta anécdota pop sobre el prestigioso académico y filólogo. “Lázaro Carreter, académico de la lengua desde 1972, lo sabía todo de cómo hacer dinero. A él se deben –y a sus ‘negros’ especialmente- textos pedagógicos casi obligatorios durante el bachillerato franquista. También, en una faceta oculta y bastante menos conocida, pero suculenta económicamente hablando, los engendros de guiones cinematográficos que representaba el actor cómico Paco Martínez Soria y sus astracanadas sobre ‘la ciudad no es para mí’ y otras menudencias que don Fernando, el académico, firmaba como Fernando Ángel Lozano. Tenía lo que los castizos llaman ‘una jeta de cemento armado’; intelectual, por supuesto”, zanja Morán.

 

Hemeroteca traicionera

El capítulo finaliza con una breve biografía de Víctor García de la Concha, en la que Morán tira de hemeroteca para recordar algunos episodios poco edificantes: “A él le debemos una de las más desvergonzadas declaraciones cuando empezaba a subir la cucaña de la RAE; ya nada le arredraba. El 16 de abril de 1978, fíjense en la fecha, con la UCD de Suárez y Martín Villa triunfantes y aún en el horizonte una Constitución no muy definida, don Víctor García de la Concha hace una declaración que conmueve como un esperpento: ‘Yo tengo que asegurar que la censura en la posguerra apenas existió, salvo la eclesiástica’”.

Morán concluye lo siguiente sobre el actual director del Instituto Cervantes: “Los gobiernos pasan, los hombres como él quedan. Son los representantes intelectuales de los nuevos tiempos. Se adaptan a todo y han ido borrando todos y cada uno de los recuerdos ominosos de otra época. Dormirán bien y asegurarán, con la mano en el corazón, que no se arrepienten de nada”.