Lunes, 18 de diciembre de 2017

"El Ingenioso caballero Don Quixote de la Mancha" cumple 410 años

18/01/2015
Javier Treviño Castro, Vanguardia

Miguel de Cervantes (1547-1615) publicó la primera parte de “El Quijote” en 1605 –“El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha”-; la segunda –“El Ingenioso Miguel de Cervantes Don Quixote de la Mancha”-, en 1615. Así, este 2015 se celebran los 410 años de las aventuras del “Caballero” y los 400 de las del “Hidalgo”. También, por cierto, se conmemoran 415 años del nacimiento de otro inmenso autor áureo, Calderón de la Barca (1600-1681).

De ambos se han escrito bibliotecas enteras; especialistas y aficionados de muchas nacionalidades han recorrido la obra y la vida de estos artistas, pero vida y obra de los dos –como las de otros autores- siguen siendo fascinantes y enigmáticas. Por eso, por osadía y por amor a su obra me atrevo a pergeñar a vuelapluma algunas líneas, seguramente erráticas, en torno de su trabajo, lo que no pretende ser sino un ínfimo tributo.

Cervantes hubiese querido ser un poeta lírico tan grande como Garcilaso, Lope de Vega o Quevedo. No fue así, pero “El Quijote” ha perdurado como la obra narrativa más poética y poliédrica de la modernidad hispana y mundial. Su influjo ha perdurado a través de cuatro siglos y es probable que, a pesar de las transformaciones del idioma castellano, siga vivo por mucho tiempo, como los poemas épicos de Homero o las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides.

La evolución del idioma es tal que algunos piensan en la irónica posibilidad de que la obra cervantina debe ser objeto de una “traducción” al español de nuestra época y de las venideras. Para los lectores de hoy ya no resulta tan notorio que Cervantes utiliza en “El Quijote” un castellano deliberadamente arcaizante: su propósito, como es sabido, era el de emular el estilo de las viejas novelas de caballería, que hacían gala de un vocabulario hiperbólico y rimbombante. “El Manco de Lepanto” logró su propósito, superando a sus modelos y convirtiendo a sus protagonistas en significativos emblemas, aunque ahora muchos supongan que los retruécanos de Don Quijote y la prosa paródica del autor eran entonces, en los albores del siglo XVII, habla común.

No es así. Hay en las dos partes de “El Quijote” una parodia que es, al mismo tiempo, un homenaje. Y esa parodia inicia con el uso del idioma. Podemos advertirlo claramente no sólo en muchos pasajes de la obra –en el principio mismo: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”-, sino, muy socarronamente, en la manera de hablar de Don Quijote que es la antípoda de la de su escudero, Sancho Panza. En éste habla la vox populi; en Alonso Quijada –o Quesada o Quijana…-, la voz de un hombre alienado (alienus: ajeno de sí) por sus lecturas caballerescas y literarias. Sancho es un campesino de la época; Don Quijote, un hidalgo casi medieval a fuerza de imaginación y fantasía. El modelo de Sancho es real y terrestre; el de Don Quijote, ideal y utópico. Sancho habla como un hombre de a pie; Don Quijote, como la hipótesis de un cultivado y pretérito caballero.

En ambos el uso del idioma parece tan opuesto como sus caracteres. Sin embargo, idioma y carácter son, en la novela, complementarios. Y lo son tanto que al trotar de las páginas, como muchos lo han advertido ya, Don Quijote irá sufriendo una suerte de “sanchización” al tiempo que Sancho evolucionará hacia algo que el mismo Unamuno (escritor y filósofo español de la generación del 98) llama “quijotización”. El escudero irá ilustrándose al lado de su amo y adquiriendo una riqueza léxica y una humorística tendencia al retruécano, mientras el caballero tenderá hacia cierta popular sencillez idiomática, similar a la que conocimos en Sancho. Para cualquiera que lea “El Quijote” el deliberado castellano arcaizante que Cervantes utiliza en su novela será muy evidente.

Muchos se intimidan ante “los clásicos” precisamente por esto: el uso del idioma. El tono y la modalidad en que un idioma es utilizado en la literatura suele ser uno de los motivos por los que un lector permanece al margen de obras que la tradición ha colocado, por alguna razón, en un trono inaccesible. Pero ningún “clásico” es intocable: todos están al alcance de nuestros ojos y nuestro entendimiento, gracias al papel o a la pantalla de un aparato electrónico. Lo mismo “El Quijote” que la “Divina Comedia” o los apasionantes “Diálogos” de Platón están dispuestos para nosotros en todo momento, en su idioma original o en traducción. Otro asunto es la calidad de las traducciones, por supuesto…

El castellano en que fue escrito “El Quijote”, como muchas otras grandes obras españolas e hispanoamericanas, no debe amedrentarnos. Todo es cuestión de un poco de empeño: podemos abrir el libro y empezar a leer; si no comprendemos esta o aquella palabra o giro lingüístico, por lo pronto no importa, hay que continuar, hay que dejarse llevar por la música del idioma y, en este caso, por la ficción. Al principio nos sentiremos un tanto frustrados: ¿qué dice el autor?, ¿tengo que leer esto?, ¿qué forma de expresarse es ésa? Claro: estamos habituados al habla cotidiana, al habla de nuestra época y de nuestro entorno. Todos entendemos en México: “¿Qué pedo, güey? ¿Por dónde va la onda o qué, güey?” Es perfectamente válido, tan válido como el hecho de esforzarnos un poquito en entrar a esa fortaleza que parece inexpugnable: “Don Quijote de la Mancha”.

¿Difícil tarea? No tanto. Es mucho menos difícil de lo que parece. Y las retribuciones son abundantes. Uno toca a las puertas de esta novela –o ante las de “En busca del tiempo perdido”, “Una temporada en el infierno” o “Fausto”-, y si no se abren, hay que seguir tocando. En el momento menos esperado esas puertas se abrirán para nosotros; entonces entraremos e iremos descubriendo, una a una, todas las habitaciones de esa casa de palabras, aunque siempre habrá un ático, un sótano, un rincón que quedará sin explorar. No importa: mejor así. Nada, nadie se entrega por completo a la primera; nadie, nada se conoce nunca del todo. Una obra de arte no es la excepción. Tampoco “El Quijote”. Excelente: así sabremos que esta novela, y cualquier otra obra, nos depararán nuevas sorpresas cuando pasemos otra vez por su casa.

La primera vez que estuve en “El Quijote” me pareció una historia más bien triste. Y esa sensación no se ha ido. Aunque ría mucho en muchos de sus pasajes, sigue pareciéndome una novela melancólica. Por donde la vea brotan la tristeza y el desengaño: nadie cumple jamás sus más altos propósitos, el “destino” es irrevocable, cuán solos estamos en el mundo, tras la risa nos hace carantoñas la fatalidad, la vida y el arte son una ilusión o un sueño, todos somos personajes de un autor indefinido e innombrable y todos vivimos una quimera. Pero pasando por alto este neurótico drama personal, “El Quijote” es uno de los laberintos verbales más hermosos y arcanos que mi ignorancia conoce, además de varios libros sagrados, “Las mil y una noches”, “Ulises”, “Alicia en el país de las maravillas”, las “Soledades” de Góngora, el “Primero sueño” de Sor Juana, la poesía de Pound y de Coleridge, las “Quimeras” de Nerval, “Blanco” de Octavio Paz y “El hipogeo secreto” de Salvador Elizondo, entre otros.

Lo extraño es que “El Quijote” tiene el aspecto de una obra jocosa y así se la considera desde su aparición. Por lo demás, en muchos sentidos claro que lo es. ¿Quién no se ha divertido con las aventuras, los requiebros lexicológicos de Don Quijote y las conversaciones que sostienen éste y Sancho Panza a lo largo de toda la novela? Porque, viéndolo bien, la historia del Quijote es la consignación de muchas conversaciones, especialmente las que mantienen nuestro caballero y su escudero. En esta novela de Cervantes casi todo es sabrosa charla. Mientras andan y recorren caminos, valles y montañas, los personajes conversan de esto y aquello, a veces con una graciosa ligereza, a veces muy sesudamente. Y hay momentos luminosos en que Don Quijote monologa como un verdadero erudito frente a un auditorio de asombrados cabreros o pastores.

En esta conversación casi interminable sucede de todo, como muchos saben: las tres salidas del caballero, sus numerosas y famosísimas aventuras, intercaladas historias de amor, encuentros con gente de toda índole, curaciones con brebajes mágicos, estancias en ventas y posadas, raras casualidades, la promesa y el indirecto cumplimiento del gobierno de “ínsulas extrañas”, representaciones teatrales, internamientos en territorios inopinados… y la muerte del protagonista (para evitar terceras partes). Sobre todo esto, el traslúcido manto del enigma y el no menos transparente pero inextricable velo del laberinto: ¿quién cuenta la historia?, ¿quién o quiénes narran y tejen este dédalo de ecos y de espejos que es “Don Quijote de la Mancha”?

Novela de diversión y novela en clave, “Don Quijote” parece un Jano literario: podemos reír con ella, y a través de la risa, pensar mucho, si queremos. Depende de nuestra lectura. Novela-superficie y novela-despeñadero, “El Quijote” es suma de una época, espejo que proyecta su rostro hacia nosotros y hoja en blanco sobre la cual podemos escribir nuestras interrogantes e incertidumbres. ¿Supo Cervantes que escribía una insólita “puesta en abismo”? ¿Fue plenamente consciente de su trascendencia?

Varios pasajes parecen demostrarlo. En la segunda parte (1615), cuya aparición celebramos este año, leemos la aventura de la Cueva de Montesinos en los capítulos XXII, XXIII e inicio del XXIV. Pocas aventuras quijotescas me parecen más reveladoras e inextricables que ésta. No osaré sintetizar tal aventura; me conformo con remitir al lector al libro. Diré sólo que en este pasaje Don Quijote, como otros héroes de la antigüedad y de la tradición hermética, se enfrenta a lo que bien podría denominarse un “rito de iniciación”: su descenso a la cueva lo conduce a un espacio donde el tiempo ha quedado virtualmente suspendido. Para los que quedaron fuera, el tiempo se cuenta en minutos; para Don Quijote tales minutos podrían constituir “días”. ¿Qué ve en los abismos nuestro caballero? Un pasado que lo refleja, lo repite y lo confirma. Se ve a sí mismo en otro, más allá del tiempo y el espacio ordinarios. ¿Se encuentra en el otro, se pierde al salir y vuelve a hallarse en su lecho de muerte, tiempo después? Cervantes sabía lo que hacía al escribir su obra. ¿También nosotros?