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Lectores de sensibilidad: sois idiotas

11/10/2023
Alberto Olmos

Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo de Madrid. (Europa Press/Ricardo Rubio)

En la industria editorial española ha germinado como una florecilla un nuevo oficio: se llama "lector de sensibilidad". Como todo lo malo y todo lo bueno, esto nos llega de Estados Unidos. Podemos traducir sensitivity reader como eso, "lector de sensibilidad", o también como "lector sensible", aunque una traducción más exacta sería "lector por la sensibilidad". También podemos llamarles payasos. No sé si les ofenderá. Su labor, de hecho, es ponerse en el lugar de toda ofensa posible, simular, como dioses borgeanos, la infinita capacidad de agravio del ser humano.

Así de primeras, uno piensa, claro, en las minorías. Por ejemplo usted novela, hace su novela, hace una escena de su novela donde un personaje suelta un comentario despectivo sobre los inmigrantes. Yo qué sé: la familia ve las noticias y se habla de un violador en serie y el padre, con los carrillos llenos de comida (son importantes los detalles, como aconsejó Nabokov) dice: "Seguro que es un moro". ¡Alarma! ¡Llamen a los Geos! ¡Bolígrafo rojo! Y entonces el editor llama al autor y le dice, oye. Seguramente no hace falta decir nada más: "Oye". Luego el autor reflexiona, se va, como los niños, al rincón de pensar de su casa con hipoteca. ¿Lo quito? Es un momento crucial. Porque lo quita.

Y ahí, queridos amigos, se acabó la literatura. Nadie realmente formado, inteligente, culto y leído se alinea con la superioridad moral o los disparates identitarios de nuestro tiempo. Vivimos una tiranía puritana cuyo centro irradiador es eso que se conoce como "superioridad moral". Hace tiempo que deberíamos estar oponiendo a la superioridad moral otro centro irradiador mucho más potente: la superioridad intelectual.

Dense cuenta de que nadie realmente formado, inteligente, culto y leído se alinea con la superioridad moral o los disparates identitarios de nuestro tiempo. O sea, por un lado está (estaba) Javier Marías y por el otro, Carlos Bardem. Este desequilibrio de fuerzas se hace evidente en todo el espectro cultural: siempre es el mediocre indocumentado el que se sube sobre los hombros del gigante de la superioridad moral. No recuerdo a nadie intelectualmente válido (de Byung Chul-Han a Marylinne Robinson, de Carla Simón —"Nos autocensuramos nosotros a veces para que todo sea políticamente correcto"— a Quentin Tarantino), que no haya discrepado de las estupideces que están arrasando con la libre expresión y el desarrollo gozoso de las artes. Sois más, pero sois muy tontos. Sois todos mediocres, simples, trepas, aprovechados. Gente que en un debate público no aguantaría dos minutos a Fernando Savater. En dos minutos se le acaban los eslóganes a Carlos Bardem. Tienen que traerle más eslóganes.

La única ofensa que contaba hasta hace poco en la literatura era la de la increíble basura que escriben algunos, les publican otros y les premian otros más. Que un cantamañanas se considerara escritor, como Shakespeare, Faulkner o Rulfo, era lo verdaderamente ofensivo. La venganza del cantamañanas está justo ahí: Faulkner o Rulfo son (seguro) racistas o machistas o tránsfobos o gordofóbicos (es cuestión de mirar con lupa sus textos: serán todo eso y mucho más si así lo quieres) y tú no, que ni siquiera sabes escribir.

Este artículo quiere ser ofensivo, sí. Porque, madre de mi vida, ¿cuán idiota hay que ser para no entender que las jugadoras de fútbol no pueden ganar lo mismo que los jugadores de fútbol porque el fútbol femenino todavía no genera la millonada que —después de un siglo de márketing— genera el masculino? ¿Qué parte de las matemáticas básicas no entendéis? ¿O qué parte, de hecho, hacéis como que no entendéis? ¿Cuán idiota hay que ser para no entender que el arte es exploración, riesgo, oscuridad, reflejo de lo real y, sobre todo, agitación? ¿No es real un padre de familia que tiene prejuicios racistas? ¿No se puede hacer una novela con un personaje racista? ¿No se puede hacer de hecho una novela con un personaje racista como protagonista y que sólo su racismo le sea achacable, y que para todo lo demás resulte una persona ejemplar? ¿No generaría esto dudas, extrañeza, curiosidad en el lector: por qué esta —para todo lo demás— buena persona resulta que es racista? ¿No seré yo como él, una buena persona, pero con una tara moral concreta? ¿No lo seremos todos?

El arte, queridos amigos, se hace desde la libertad de pensamiento.

¿No se puede escribir Lolita porque sois idiotas? ¿No se puede filmar El hundimiento, sobre los últimos días de Hitler, porque Hitler es muy malo? ¿No se puede rodar El conde, sobre un Pinochet vampiro, porque es una idea totalmente genial? ¿Sólo se pueden contar historias mansas, lineales, doctrinales y aburridísimas? ¿Desde cuándo mola tanto ir a misa?

El arte, queridos amigos, se hace desde la libertad de pensamiento. Es imposible crear si uno entra en la página en blanco o se acerca a la piedra o al lienzo o al set de rodaje con el freno de mano echado. ¿Cómo se le iba a ocurrir a Sara Mesa esa protagonista suya (Un amor) que se acuesta con un albañil para que le arregle gratis el tejado si se hubiera parado por un momento a considerar qué le parecerá ese argumento al ministerio de Igualdad? Si el libro fue un éxito, y ahora es ya película (Isabel Coixet), ¿es porque todo el mundo está a favor de que las mujeres sin recursos intercambien sexo por albañilería o porque se trata de una muy buena historia que te apela, incomoda y hace dudar?

Recuerdo que en mis momentos de sopor lector iba a la biblioteca y paseaba por los anaqueles buscando algo "fuerte", algo que me descolocara, algo que fuera ofensivo, de hecho. Thomas Bernhard, Henry Miller, Houellebecq, Jelinek... Así conocí El gran cuaderno, de Agota Kristof. ¿No es ofensivo tanto niño muerto, tanto esqueleto colgado, tanta crueldad y tanto asesinato? ¡Denme más novelas con esqueletos colgando! ¿Se creen ustedes que Eminem es el mejor rapero de todos los tiempos porque se sentaba a escribir sus versos tratando de no ofender a nadie? De hecho, uno dice: "You find me offensive/ I found you offensive for finding me offensive". Eminem se sentaba a expresar su rabia, su estupidez, su genialidad, su misoginia, su alma toda sin pudor ni cortapisas. No existe arte con pudor; no existe artista de los buenos sentimientos. Se hace arte mejor con lo que no te gusta de ti.

¿Por qué la gente más ignorante nos dice lo que se puede escribir, cantar o filmar? ¿Por qué el talento debe obedecer a la incultura?

Otro rapero, de hecho, el mejor de España, Kase O, ha dicho en una entrevista: "Yo de verdad no he vivido una época tan dura como ésta. Piensas distinto y te lapidan". Hace años cantaba con toda tranquilidad: "Sigo besando los tendones de tu lengua con mi polla/ Sigo siendo el gángster de tus sentimientos". ¿Qué hay que rapear? "¿Sigo pidiéndote permiso para un beso?

Sigo siendo el Jordi Évole de tu corazoncito?" Sois un coñazo. La gran pregunta de este texto lleno inopinadamente de preguntas es ésta: ¿por qué la gente más ignorante nos dice lo que se puede escribir, cantar o filmar? ¿Por qué el talento debe obedecer a la incultura? ¿Por qué, dado que tenemos razón, no empezamos el debate por donde teníamos que haberlo empezado hace una década? Diciéndoles: no sabéis nada de creación artística.