Sábado, 21 de enero de 2017

Piedad Bonnett: "Me interesa la poesía que violenta el lenguaje"

20/11/2016
Isabel Vargas

Esta noche tendremos huéspedes en casa y se quedarán a dormir en tu habitación. He quitado, pues, el polvo de todos los rincones, [...] y he puesto entre un cajón tu viejo suéter, pero antes he metido mi cara entre la lana, me he ahogado en su dulce mar de púas. No les diré que aquí se desvelaba el cuervo de tus sienes, ni que un niño sombrío se despedía de ti detrás de la ventana. No les diré que aquí nunca es de día. No es casualidad que Piedad Bonnett (Colombia, 1951) presentara Los habitados, la obra con la que se ha alzado con el XIX Premio Internacional de Poesía Generación del 27, bajo el lema Hécuba. Hace cinco años su hijo, esquizofrénico, se quitó la vida. Y de aquel dolor salió despedido de sus entrañas el libro de no ficción Lo que no tiene nombre (2013). Ahora vuelve a la poesía con unos versos tristes, manchados de sangre, locura y dolor, con los que la autora admite, al otro lado del teléfono, haberse reinventado.

 

-¿Quiénes son Los habitados?

-Las personas que sufren alguna enfermedad mental, pero sobre todo hablo de gente encerrada en manicomios, enclaustrada en sus propias casas. Hablo del encerramiento personal, del estigma. Los habitados son aquellos que están habitados por ese monstruo que es la enfermedad mental.

 

-¿Escribe sobre ellos desde una visión amable, quizá?

-No, es un libro triste y miro detrás de los ojos de Van Gogh, del niño que enfermó al llegar a la adolescencia, del hombre encerrado en un manicomio, del suicida un minuto antes de tirarse al vacío.

 

-¿Ha tratado de vaciarse como lo hizo en Lo que no tiene nombre?

-No, no. En mi libro de prosa me desahogué, me liberé, sí. Con la poesía hago un ejercicio muy distinto. En la primera parte de Los habitados no hablo de mi vida porque entre otras cosas mi hijo nunca estuvo en una institución mental. Luego en la segunda parte, titulada Noticias de casa -antes se le escapa el primer título provisional, Cartas íntimas- habló con Daniel (su hijo) y le cuento cosas que pasaron después de su muerte, de la entrada a la casa cuando ya no está. Son poemas dolorosos sobre la muerte, la ausencia.

 

-¿Tiene algún problema en regodearse en lo privado?

-No, para un poeta lo privado es un problema mínimo. Para el novelista sí. Porque cuando tú escribes una novela sobre un tema íntimo lo tienes que camuflar. El poeta lo tiene más fácil si quiere traducir en versos su propia experiencia.

 

-¿Los poetas no deben imponerse un límite a la hora de airear sus intimidades?

-Claro. No se trata ni del desahogo, sino de hablar de un problema que nos atañe a todos. En este libro intentaba hallar formas poéticas que me distanciaran un poquito de mi propio dolor y me hicieran encontrar una palabra precisa para hablar de eso.

 

-Ha escrito seis obras de teatro. ¿Es más fácil sortear los límites del lenguaje con este arte?

-Creo que el teatro es lo que más te distancia de todo porque son múltiples personajes. El conflicto pasa al final por demasiadas capas. Es la poesía la que nace más profundamente de la experiencia. La mía, personalmente, siempre se ha inclinado hacia allá. Hay poetas que no son así, como Borges. 

 

-¿Considera que la poesía tiene que servirse en bandeja de plata?

-Mi poesía quiere comunicar, es hermética. Aunque tampoco es coloquial o muy sencilla. Me nace la poesía en imágenes que trastocan el orden de las palabras, el orden sintáctico, que violenta un poquito el lenguaje. Esa es la poesía que a mí me interesa. La poesía que violenta un poquito el lenguaje.

 

-¿Se le puede olvidar a un poeta cómo escribir poemas tras un trágico suceso?

-Eso es imposible. Es como montar en bicicleta. Ja, ja. Cada vez que escribes un poema tienes que reaprender tu oficio. Uno se tiene tienes que reinventar en cada libro. En este yo me he reinventado, o al menos lo intenté. Cualquier que haya leído mi poesía y luego pase a Los habitados se da cuenta de que mi voz ha sufrido un cambio.

 

-Presentó esta obra bajo el lema Hécuba. ¿Qué representa para usted este personaje sacado de la mitología griega?

-Creo que representa de manera universal el dolor por la pérdida de un hijo. Me identifiqué como mujer de una vez porque yo antes me camuflaba. Buscaba unos seudónimos para que no se supiera si era hombre o mujer. Me daba miedo por el machismo. Pero ahora eso no me interesa. Busqué el nombre de una mujer, de una madre que ha perdido a sus hijos. En mi caso un hijo, un hijo con unas dotes plásticas extraordinarias.

 

-¿Locura y sensibilidad artística van de la mano a veces, no?

-Sí, el talento artístico a menudo va unido a la locura. Haz una lista de artistas y verás que es inmensa. Sylvia Plath, Virginia Woolf... Fueron personas que son locas en el sentido estricto de la palabra. Siempre tienen un territorio de lucidez, como mi hijo. Mi hijo era una persona lúcida en la vida cotidiana con la conciencia plena de que había un demonio allá que no le iba a dejar vivir.