Martes, 12 de diciembre de 2017

Umberto Eco y la lengua perfecta

14/06/2014
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David Felipe Arranz, El ImparcialTengo larga devoción por don Umberto, desde que nos deslumbró a todos con la lucidez incendiario de El nombre de la rosa. El semiólogo italiano, que tiene esa elegancia leída de quien sabe y ama la cultura mucho más que la mayoría, plantea en La búsqueda de la lengua perfecta –publicado en España por Crítica en 1994– cómo la cultura europea se encuentra a la búsqueda de una lengua vehicular, algo difícil de conciliar con la diversidad de lenguas de distintos grupos étnicos. Así, parte del libro del Génesis 11, 1-9, para reflexionar sobre la pluralidad de las lenguas: en los versículos bíblicos se nos cuenta cómo Dios decide confundir lingüísticamente a aquellos hombres que querían construir en la región de Sinar una ciudad con una torre que llegase hasta el cielo para hacerse famosos y evitar ser dispersados por toda la tierra: “Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos”. La Biblia siempre nos recompone el deshilachado cabo de la memoria y su lectura nos ubica en el mapa de las humanidades occidentales y orientales.Lo interesante del caso es que este pasaje lingüístico y sus hondos enigmas han sido interpretados por el cabalismo cristiano, el judaísmo, el Renacimiento y el enciclopedismo dieciochesco como algo positivo: una multiplicación y no una confusión. La lengua organiza a los hablantes y conserva la adhesión social del grupo –¡y hasta el amor a la patria!–. Dante en De vulgari eloquentia (Acerca del habla popular, 1303-1305) escribe que la Torre de Babel no es un fracaso humano, sino al contrario: representa la proliferación de lenguas de diversos grupos étnicos, como si se tratase de la jerga de las corporaciones. Y en la Torre ve simbólicamente expresados en distintos idiomas los vocablos que significan los albañiles, poleas, sillares, montacargas, plomadas, escuadras, compases, arganas, técnicas de mortero… Y en La méchanique des langues et l’art de les einsegner (1751), el abad Pluche realiza este definitivo cambio de signo de la interpretación del mito babélico: de la confusio linguarum al orgullo patriótico, extremo ya en el siglo XIX. Eso es transformar un descalabro bíblico –gentes que ya no se entienden porque hablan lenguas distintas– en una oportunidad de hacer el amor a las letras patrias.Eco, con el desacato del sabio de verdad, se plantea la pregunta de si es posible conjugar la necesidad de una lengua vehicular única con la defensa de las tradiciones lingüísticas. ¿Podríamos crear la lengua perfecta? Ante todo esa lengua vehicular debe poder traducir, verter a su sintaxis y léxico los textos de cualquier otra lengua, presuponiendo además una referencia implícita a una tercera lengua, de carácter metalingüístico y por encima de las otras dos, que abarcaría los conceptos expresados por ambas lenguas y que sería la “lengua perfecta” o lengua pura, capaz de expresar sutilezas modales, habilidad de la que las otras carecen. Es una locura, una quimera de plenilunio y una propuesta del genio que nos cuela de rondón en un formidable ensayo.Esa lengua ideal tendría que ser una lengua de extraordinaria flexibilidad, con una gran vitalidad para crear neologismos y expresar abstracciones. Para algunos, como afirma Emeterio Villamil de Rada en La lengua de Adán (1860), sería una lengua adánica, expresión de una idea anterior a la formación de la lengua misma. Pero habría un inconveniente y es que esa lengua perfecta que sí es capaz de traducir a sus propios y perfectos términos las imperfecciones de las demás… no podría ser traducida a su vez por las lenguas “inferiores”, tal sería su grado de perfección. De manera que Eco aconseja abandonar la búsqueda de la lengua perfecta, pues, por ejemplo, en el ámbito de la traducción, tan solo hace falta comprender las expresiones que produce el genio de una lengua original e inventar una paráfrasis “satisfactoria”. En esto sigue a Humboldt: ninguna palabra de una lengua es totalmente igual a una palabra de otra lengua y se debe entender la traducción como una actividad gracias a la cual podemos comprender cosas que con nuestra lengua no hubiésemos podido saber jamás.Así, Umberto Eco, en vez de la lengua perfecta propone siguiendo a Pierce una semiosis ilimitada mediante un principio de interpretación: la lengua natural recurre constantemente al metalenguaje para explicarse conceptos de las demás lenguas. Así, puede explicar las diferencias semánticas entre otras lenguas entre sí y con respecto a las suyas propias. Podríamos atrevernos a hablar de un infinito análisis semántico que exige a nuestro pensamiento lingüístico un término expresado en otra lengua, porque siempre tenemos necesidad de explicar los matices. Una lengua trata de hallar términos sencillos para clarificar los que son más difíciles de definir.Europa es un continente multilingüe por vocación cuyo futuro cultural descansa en una comunidad de hablantes que sean capaces de captar el espíritu de un habla distinta a la suya. Esa Europa por la que apuesta Umberto Eco y que ahora está anestesiada por el cloroformo de la Troika sería de políglotas que, aunque hablen cada uno su propia lengua e incluso entiendan la del otro, son capaces de comprender el genio y el universo cultural que esconde la lengua del otro. La semiología en manos de Eco va camino de convertirse en un estimulante y maravilloso delirio político que despierta la imaginación y la inteligencia del lector; una fiesta de utopías y distopías en nuestros incómodos tiempos del despiste nacional. Me encanta.